VECINITIS
07-04-2005 10:00:50
Ayer al mediodía, mi chica llegó del trabajo gritando despavorida mi nombre. Y no es que deseara que uniéramos nuestros cuerpos salvajemente. Lo que quería era que saliésemos corriendo de casa, que había humo en el portal y en nuestra planta. Me puse los zapatos, me cagué en la madre del vecino del 4º, un ancianillo que acumula papeles (suponiéndole el autor del atropello), y por un momento pensé si rescataba el Macintosh G5 que me da de comer o mi colección de comic (Will Eisner, Hugo Pratt, Peter Bagge, Luis Durán, Lewis Trondheim, Robert Crumb... un desastre). Desesperado, salí de casa con las manos vacías pero con las piernas ligeras. La nube de humo era considerable, pero un tanto extraña. No sentía ahogo, sino una comezón en la garganta. Era una sensación que ya conocía, que me trasladaba a otro lugar. No era a cuando de pequeñito quemábamos las retamas en el campo, sino más bien a cuando nos metíamos en las obras, entre polvo de escombros. Bajamos al portal y vimos una puerta entreabierta y ruido de taladros gigantes en su interior. Las baldosas del portal estaban blancas. Salimos a la calle a coger aire. El presidente llamó a la policía (que llegó varias horas después). Esos vecinos llevan varios meses de obras, tirando muros y levantando otros, alojando en su interior cada vez a más gente. Atravesamos la niebla de nuevo y nos metimos en casa. Cerramos puertas y ventanas. Tragamos agua para superar el ahogo. Entonces Sonia empezó a reírse de mí: el futuro estaba ante sus ojos. Mi pelo estaba blanco, un poco por el disgusto y la mayor parte por el polvo. Al menos los comics y el ordenador estaban en su sitio. Y mi chica también.
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