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EL CASO DEL PORTERO DE DISCOTECA

04-06-2005 14:49:50
Nunca volvería a su casa. Eso lo sabía. Así que, mientras ella se retocaba en el baño, me dediqué a sustraer un par de prendas de su ropa interior. Sí, lo confieso, soy fetichista desde los dieciocho, cuando mi vecina me restregó sus bragas por las narices. Desde entonces guardo trofeos de mis conquistas, como si fueran caza mayor; jungla verde por jungla gris, pelo por vello, cuernos por... Su marido no regresaría hasta las cuatro. Era portero de discoteca. Cuando ella se metió en la cama yo ya estaba desnudo y en posición de firmes. La batalla fue silenciosa; en un par de ocasiones nos restregamos por el barro de las trincheras, pero también pilotamos bombarderos con explosivos devastadores. Al final firmamos el armisticio con un prolongado beso.
A las tres y cuarenta y cinco salía por la puerta. No me gustaba el riesgo. Me hizo prometer que la llamaría. No lo dudes, preciosa, respondí cruzando mis dedos tras la espalda. Al bajar las escaleras subía un tipo escuchimizado con pestazo a sudor y tabaco. En la chaqueta colgaba un membrete que decía DISCOTOTAL. Ya contrataban como portero de discoteca a cualquiera. Sentí lástima por mi conquista. Se merecía algo mejor. Metí la mano en el bolsillo y me aseguré de que aún guardaba su número de teléfono. Quién sabe. El riesgo no era tal y mi soldados aún tenían sed de batalla.

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