EL PITILLITO DESPUÉS DEL CAFÉ
28-12-2005 10:41:39
Desde que supo que el gobierno iba a prohibir el tabaco en los lugares públicos, Alfredo Pitillito iba ahumando los bares como si de una barbacoa mal apagada se tratara. Alfredo Pitillito se tomaba cafés en todas las tabernas que aparecían a su paso, y con cada cafelito, 3 ó 4 cigarrillos para resarcirse del opresivo futuro. Una tarde de diciembre sus pulmones se abrieron paso quebrando un par de costillas y se asomaron al exterior:
- Yastá bien, coj, Alfredito, coj, coj; si quieres matarte hazlo tú solito.
Y los dos pulmones, negros como el vestido de una viuda, y sucios como el mismo vestido, se abrieron paso entre los viandantes y desaparecieron en pos de una clínica de desintoxicación.
Alfredo Pitillito, en contra de lo que pudiera parecer, no dejó de respirar. Por el hueco que ocupaban sus pulmones entró una brisa fresca que le sentó de maravilla. Y para celebrarlo, se encendió un cigarrillo. Y luego otro. Y otro más.
Esa noche el hueco había desaparecido; en su lugar había surgido una plasta de alquitrán y nicotina que se había hecho fuerte entre sus costillas y que amenazaba con extenderse por todo el cuerpo.
Pero a la mañana siguiente, Alfredo Pitillito, como todos los días, y fruto de dos o tres arcadas del carajo, echó toda la nicotina y el alquitrán por el váter. Y, con el espíritu renovado, se encendió siete cigarrillos que simultaneó durante el desayuno, y otros siete que se fumó debajo de la ducha.
Cuando la prohibición gubernamental entró en vigor, Alfredo les sacaba miles de cigarrillos de ventaja a sus colegas fumadores. Y con esta victoria pudo descansar en paz.
- Yastá bien, coj, Alfredito, coj, coj; si quieres matarte hazlo tú solito.
Y los dos pulmones, negros como el vestido de una viuda, y sucios como el mismo vestido, se abrieron paso entre los viandantes y desaparecieron en pos de una clínica de desintoxicación.
Alfredo Pitillito, en contra de lo que pudiera parecer, no dejó de respirar. Por el hueco que ocupaban sus pulmones entró una brisa fresca que le sentó de maravilla. Y para celebrarlo, se encendió un cigarrillo. Y luego otro. Y otro más.
Esa noche el hueco había desaparecido; en su lugar había surgido una plasta de alquitrán y nicotina que se había hecho fuerte entre sus costillas y que amenazaba con extenderse por todo el cuerpo.
Pero a la mañana siguiente, Alfredo Pitillito, como todos los días, y fruto de dos o tres arcadas del carajo, echó toda la nicotina y el alquitrán por el váter. Y, con el espíritu renovado, se encendió siete cigarrillos que simultaneó durante el desayuno, y otros siete que se fumó debajo de la ducha.
Cuando la prohibición gubernamental entró en vigor, Alfredo les sacaba miles de cigarrillos de ventaja a sus colegas fumadores. Y con esta victoria pudo descansar en paz.
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