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LA ETERNIDAD EN UN CÍRCULO

27-01-2006 11:28:10
Emilijosé tenía una personalidad dual. De día era un honrado repartidor de cajas de sardinas poco frescas; de noche era un funcionario de sanidad. Las sardinas que entregaba por las mañanas en los bares las inspeccionaba por las noches sin darles nunca el aprobado. Y éstas las volvía a repartir al día siguiente con todo el morro del mundo.
Pero en esta pescadilla que se muerde la cola, en este círculo de corrupción, Emilijosé iba a sufrir la más inesperada de las llegadas: una mujer, Rosieva, también padecedora de dualidades varias, que de día trabajaba como funcionaria de sanidad y de noche repartía sardinas poco frescas. Lo suyo era un amor imposible, un desencuentro absoluto (o un encuentro indeseado). Lo que uno repartía el otro retiraba y lo que el otro repartía el uno retiraba.
Podríamos hablar de sus encuentros amparados en esos ratitos que no eran noche ni día, comúnmente denominados eclipses; o en esos 60 minutos dos veces al año, cuando se cambiaba la hora y nadie les echaba en falta. Pero no, mejor les dejaremos en ese eterno círculo, en un quiero y no puedo muchísimo más romántico para el final del cuento.

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